¿Recuerdas ese momento en el que clamaste a Dios?
¿Volviste a Él? ¿Lo recordaste? Bueno, te tengo noticias: ¡no fuiste tú!
“Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor! sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12,3)

Hay una verdad silenciosa, y es que nos relacionamos o buscamos relación algunos con Jesús, otros más con Dios Padre, pero normalmente no decimos “uf, hoy hablé con el Espíritu Santo”, “hoy fui a visitar al Espíritu Santo”, “hoy oré y conversé con el Espíritu Santo”.

Y aunque sabemos que la Santísima Trinidad es un dogma de fe, que es un solo Dios, pero en tres personas, normalmente la última persona es con la que menos “hablamos” o la que menos tenemos en mente. ¿Por qué? Mucho puede influir que no nos lo han enseñado tanto (tal vez). Sin embargo, la Iglesia nos cuenta que:

“Su Espíritu que lo revela nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva… El que habló por los profetas nos hace oír la Palabra del Padre, pero a Él no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe” (CCC 687).

El Espíritu Santo es libertad, luz, agua, fuego, fuerza… pero a veces lo vemos ajeno (al menos a mí me pasaba).
Podemos pensar que Él hace cosas grandes, nos sostiene, y es que, gracias a Él, la encarnación y resurrección de Jesús fueron posibles. Pero, así como Él es grande y se manifiesta fuertemente en las personas, podemos creer que es para personas “grandes” o “más santas”.

Sin embargo, hay algo que debemos recordar, y es que ese momento en el que estabas en ese lugar o situación y te recordaste que existía un Dios, o que dijiste: “sí, quiero conocer al Dios del que hablan”, ¡no fuiste tú!
Dentro de ti estaba la fuerza del Espíritu Santo moviéndote para poderte presentar a Jesús y su misión salvadora. El Espíritu Santo se mueve en ti y está presente desde tu momento de concepción, y tú creyendo que no le conoces.

San Agustín le llama el huésped silencioso. Quien lo quiera percibir debe hacer silencio, pues este huésped habla suave dentro de nosotros.

Ser templo del Espíritu Santo quiere decir estar en cuerpo y alma a disposición de este huésped, del Dios en nosotros. Nuestro cuerpo se convierte en el cuarto de estar de Dios, es su sala, y cuanto más nos abramos al Espíritu Santo en nosotros, más se convertirá en maestro de nuestra vida.

Es por lo que la festividad de Pentecostés es tan importante.
A partir de Pentecostés, la Iglesia comenzó, porque fue el impulso que necesitaba para “arrancar”,

y Jesús se los dijo a sus discípulos: “les conviene que me vaya”.

Imagínate estar con tu mejor amigo o una persona muy pero muy querida y que te diga… “Te conviene que me vaya”. ¿Qué? No lo entiendes, y no solo eso, ¡no quieres que se vaya! Pero como crees en Él, confías en que tendrá razón.

Y ¡así fue! Jesús sabía que a sus discípulos les hacía falta su Espíritu para continuar la misión que les había dejado. Solos, con su humanidad, no hubiera sido posible. Al igual que la Iglesia: si caminara solo con nuestra humanidad, hace mucho se hubiera caído. ¡Pero el Espíritu de Dios la sostiene! Igual que sostiene tu vida.

Hoy te invito a que hables más seguido con el Espíritu Santo y pregúntale:
¿Qué vamos a hacer hoy, Espíritu Santo?
Acostúmbrate a hacer silencio y voltear a tu interior, pregúntale a tu inquilino silencioso:
¿cómo está?, ¿cómo se siente?, ¿qué necesita que hagas por Él?
Claro, siempre te dará Él la fuerza para lo que te pida, pero en la medida que más dócil seas, más terreno ganará el Espíritu Santo en ti, y tu vida ganará esa paz que nadie puede explicarte porque proviene de alguien más grande.

Pentecostés no es una fecha en el calendario, es ¡el momento!
En el que una de las promesas de Jesús se cumplió, y el gran silencioso se manifestó.

¿Lo ves?
Él se manifiesta en los demás, nos habla a través de los demás, avanzamos por su obra hecha vida en lo demás y tú eres parte de los “demás” para otra persona.

Hoy te invito a que abras la puerta de tu alma y le dejes revolotear dentro de todo tu ser porque no hay vida más plena que la vivida en compañía del gran silencioso, que habla sin gritos, pero lo cambia todo.

"El Espíritu Santo es el huésped silencioso. Quien lo quiera percibir debe hacer silencio, pues este huésped habla suave dentro de nosotros.” San Agustín.

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Eliseo - 6ta Generación

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