En nuestro afán de buscar la felicidad que Dios, desde nuestra creación, ha escrito en nuestros corazones, aprovechemos esta Semana Mayor para comprender los más grandes misterios que nos aguardan en la liturgia del Triduo Pascual.

Estamos a pocas horas de vivir los momentos más grandes y reveladores de nuestra fe, y no podemos pasar por alto el mar de dudas y sentimientos que nos acompañan en estos días.

Semana Santa, la Semana Mayor o la Semana de los Oficios está cuidadosamente calendarizada en nuestra memoria. Somos conscientes de los sucesos que escucharemos día a día en las lecturas, y es imposible pasar de largo sin detenernos a cuestionar por qué se le dedica tanta devoción a las celebraciones que conforman lo que conocemos como Triduo Pascual.

¿Qué es el Triduo Pascual?

 Es la unión del misterio pascual que comprende:

    • La institución de la Eucaristía

    • Pasión de Cristo

    • La Resurrección

Comenzamos el Jueves Santo por la tarde con la celebración de la que emergen tres puntos teológicos fundamentales: la institución de la Sagrada Eucaristía, el orden sacerdotal y el mandato de la caridad fraterna. Para muchos de nosotros, estos misterios se traducen en los signos litúrgicos como la misa del lavatorio de pies. Es aquí donde nos dejamos impresionar por el gesto de servicio de nuestros sacerdotes, ese mismo que Jesús realizó con sus discípulos ejemplo de entrega entre hermanos.

Sin embargo, las Sagradas Escrituras nos narran cómo Jesús anticipó el momento de su Pasión a través de la bendición de los alimentos, que ahora son su Cuerpo y su Sangre, compartidos con sus discípulos, sin que ellos imaginaran lo que en unas horas ocurriría.

Después de ese instante en el que Jesús dijo: “Hagan esto en memoria mía”, llegamos al final de la Santa Misa, cuando el sacerdote traslada el Santísimo Sacramento al llamado “Huerto” o “Monumento”, un espacio preparado cuidadosamente en cada iglesia del mundo.

¿Qué nos corresponde a nosotros como católicos?  

Ese momento nos invita a contemplar el paso de Jesús al Huerto de los Olivos y acompañarlo en su agonía, mientras suplicaba al Padre en oración. Nos solidarizamos con Él y reflexionamos a través de la visita a los siete altares como una forma de seguir sus pasos en silencio, adorándolo con el corazón dispuesto, permaneciendo con Él al menos una hora, como Él mismo se los pidió a sus discípulos.

Y tras esa noche de oración, llega el amanecer del Viernes Santo. Un día en que la Iglesia no celebra Eucaristía, porque conmemora la entrega total del Cordero. Es una jornada marcada por el silencio, el ayuno y la austeridad. Todo cambia: el altar está desnudo, el sagrario vacío. El tono es sobrio y el ambiente nos ayuda a entrar en el misterio.

Ese día, los fieles pueden meditar en el Vía Crucis, una costumbre piadosa que permite recordar y contemplar cada estación del camino de Jesús.

A las tres de la tarde, la hora de su muerte, nos reunimos como comunidad para adorar la cruz. La liturgia es sencilla, pero profundamente significativa. En este momento se proclama el Evangelio según San Juan cuya narración de la Pasión nos invita a contemplar a Cristo crucificado y a pedir perdón por nuestros pecados. Sabemos bien que no adoramos imágenes, pero al besar la cruz —como signo litúrgico— expresamos amor y veneración por Cristo mismo, que está presente en ese madero: el centro de la celebración.

Es imposible no sentir nada, ni siquiera una leve inquietud, porque toda la iglesia lo siente. Se conmueve al ver maltratado al que vino a salvarnos. La celebración inicia en silencio, con los ojos puestos en el sacerdote que se postra ante el altar. La ornamentación roja nos recuerda el martirio. Pon especial atención, querido lector, en la cruz que entra en procesión: va cubierta, en silencio, y se alza frente a todos para escucharse: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavado el Salvador del mundo. Venid a adorarlo”.

Después de este momento, todos regresamos en silencio a nuestros hogares.

¿Te has preguntado por qué el Viernes Santo tiene un tono tan triste y desolador?

Es precisamente por esta razón. Es como si la tierra entera se aliara para ofrecernos un ambiente de soledad. Llevamos el pesar en el corazón y lamentamos nuestras ofensas ante Aquel que dio su vida por nosotros. ¿Qué más podemos hacer en este día?, podrías preguntar… y la respuesta es simple: acompañar a la Virgen María. Esa mujer que ha seguido a su Hijo, contemplando el horror del maltrato y la burla de los soldados, ahora lo sostiene sin vida en sus brazos. Es entonces cuando, como hijos suyos, permanecemos a su lado en silencio, contemplando el dolor que surca sus mejillas.

Y mientras el mundo guarda caos ante la noticia de la crucifixión del Maestro, no nos percatamos de que dentro de un sepulcro comienza a brotar una luz gloriosa. Así llegamos al Sábado Santo. La Iglesia parece estar en silencio, pero no está inactiva. Espera. Medita. Y al caer la noche, celebra la Vigilia Pascual.

Nos reunimos para bendecir el fuego, esa luz que Cristo trajo al mundo. Es un momento de gran alegría porque la Iglesia recobra su esplendor. Durante la celebración se leen siete pasajes del Antiguo Testamento que nos recuerdan la historia de la salvación, desde la creación hasta la promesa de redención. Luego, se entona el Gloria tras días de silencio, y se proclama el Evangelio de la Resurrección, anunciando que la historia culmina con Cristo resucitado, abriendo la puerta a nuestra eternidad. Renovamos nuestras promesas bautismales para ser partícipes de esta nueva vida.

Después de caminar a través de esta historia, comprendemos que la luz venció a la oscuridad. Por eso encendemos el cirio pascual: porque la vida ha triunfado sobre la muerte. Las campanas repican, y nuestros corazones se visten de alegría. Se encienden con la luz de Cristo en cada latido, como un cántico de alabanza.

Ahora que hemos recorrido juntos los misterios del Triduo Pascual, queremos invitarte a reflexionar: ¿por qué llamamos “celebración” a una historia que encierra tanto dolor? Porque, como lo profesa nuestra fe, los católicos tenemos puesta la mirada en la Pascua, en la Resurrección, no en una Pasión que termina en un sepulcro. Ese sepulcro está vacío… ¡tienes a un Dios vivo! Date cuenta de que esta semana encierra la fiesta de las fiestas (CIC 1169), ese acontecimiento que irrumpió en la historia de la humanidad. No dejes pasar desapercibidos el amor, el sacrificio y la alegría que Dios ha reservado para ti. Regálate la oportunidad de vivir en tu propia piel lo que Él vivió hace miles de años, aún sin que tú siquiera existieras. Porque, como dijo San Josemaría Escrivá:

"Los clavos no eran lo suficientemente fuertes para mantenerlo abrazado a esa cruz; fue su amor por ti”.

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